
La gran noticia del pasado mes de febrero fue el
Oscar que
Javier Bardem -un tipo que presuntamente pasa de premios y detesta el imperialismo yankee- recibió por su espléndido trabajo en
No es País Para Viejos, película del momento y con uno de esos finales para recordar. Es muy probable que la cinta de los
Coen no fuese lo mismo, o muchísimo menos, sin la interpretación del actor español, quien con su asesino de estilismo retro ha cosechado los mejores elogios de una fructífera carrera que promete mucho y mucho más.
Si
Bardem nos obsequió cuando su
Globo de Oro con un latiguillo anti
Bush que no a todo
Hollywood le sentó bien, fue en la ceremonia de los
Oscar donde estuvo comedido y no hizo alarde de su activismo político como en anteriores ocasiones.
Javier tiró por tierra la mejor oportunidad de su vida para decir el “no a la guerra” que nuestros actores abanderaron. Quizá por agradecimiento, quizá por respeto a muchos de los mitos asistentes a la ceremonia, o quién sabe si porque para la ocasión procedía bajarse los pantalones ante la industria yankee, siendo esta última posibilidad la que probablemente más se ajuste a la realidad. Sea como fuere y dejando al margen la querencia del intérprete por las manifestaciones polémicas, es menester celebrar el merecido premio.
Su novia,
Penélope, que en sucesivos años paseó del brazo de varios y conocidos novios por la alfombra roja previa ceremonia, este año tuvo que dejarse fotografiar a solas, pues su talentoso y archipremiado novio prefirió hacerlo, y es que no podía ser de otra manera, del brazo de su madre, dama española del cine y las subvenciones y tan amiga de la descalificación, la polémica y el discurso demagogo y victimista. Cosas de esa relación simbiótica entre madre e hijo.