viernes, abril 12, 2019

Nadie nace enseñado

Como el monstruo de The Blob (Irvin S. Yeaworth Jr./Russell S. Doughten Jr.), la filmografía de Dani Rovira no deja de crecer y no hay nada que podamos hacer para impedirlo. El humorista despidió el 2018 con Superlópez (Javier Ruiz Caldera, 2018) y Miamor perdido (Emilio Martínez Lázaro, 2018), inició este año con el documental Todos los caminos, y desde el pasado mes sus fans han podido volver a disfrutar de su carisma único gracias a Taxi a Gibraltar (Alejo Flah, 2019). Y lo que nos queda, porque en junio llegará Los Japón (Álvaro Díaz Loreno, 2019) a nuestras salas. Pero mi curiosidad me anima a no perderme un solo título patrio, y los protagonizados por Rovira no son una excepción. Así que, sin ser yo un entusiasta de su obra, sigo lanzándome una y otra vez a esa arena rovirista. Luego es cierto que sus productos nunca llegan a provocarme lesiones graves, pero siempre salgo del cine preguntándome si este hombre, hoy en la cumbre y estrenando películas a un ritmo similar al de la Marvel, me conquistará algún día como intérprete. Quién sabe. No hay que subestimar a nadie, y ya he visto anteriormente cómo una actriz o actor que no me interesaba, tiempo después me sorprendía. ¿Alguno de los presentes recuerda los inicios interpretativos de Jose Coronado? En aquellos días, este no era más que un apuesto Geyperman frente a la cámara, y, sin embargo, luego fuimos testigos de cómo, entre errores y aciertos, se transformó en un artista de aúpa. Si nada lo impide, este señor conspicuo y molón, que está envejeciendo tan bien como Sean Connery, no sólo seguirá proporcionándonos placeres desde la pantalla durante el próximo par de décadas, sino que además se convertirá en un clásico de nuestro cine. Y podría extenderme otras cincuenta líneas, pero prefiero poner el punto y final antes de que tanto elogio se me vaya de las manos.
Este texto apareció en el número 399 (marzo 2019) de Imágenes de Actualidad.
Foto:  Mediaset España.

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domingo, febrero 24, 2019

Champín

El día 24 de este mes se celebrará la 91ª edición de los Oscar, e imagino que muchos de vosotros, que no sabéis estar solos, os reuniréis para verla y, entre ganchitos y champagne infantil, deslumbraros ante toda esa gente de Holywood para la que, os informo, no existís. Por mi parte, este año tampoco seguiré la ceremonia porque hace mucho que perdí el interés en este sarao y sus precarias imitaciones. Sentarme frente a un televisor a horas intempestivas para ver a gente recogiendo premios y leyendo discursos banales me parece un absoluto desperdicio de tiempo que no puedo permitirme. Pero hubo una época en que, sí, no me perdía una gala e incluso me indignaba que no premiasen mis películas e intérpretes favoritos. Recuerdo cuando nominaron a Mickey Rourke por su labor en El Luchador y se fue de vacío. Sigo pensando que le robaron el galardón. Esa noche, Sean Penn, el Willy Toledo hollywoodiense, se llevó su segunda estatuilla asexuada por un papel que algunos ni recordáis, y yo lo sentí mucho por Mickey, quien, bien dirigido por Darren Aronofsky, nos había brindado una interpretación excelsa que a buen seguro amamantó con sus infiernos personales. Tras aquel elogiado trabajo que le devolvió el prestigio, pensé que el actor seguiría dándonos gratas sorpresas, pero lo cierto es que su obra posterior no ha estado a la altura de aquel guerrero del Pressing Catch de segunda. Lo peor de todo es que, además de no ser muy selectivo con sus últimos títulos, Rourke no ha sabido dejar a tiempo su afición a la cirugía estética: su talento sigue ahí, pero queda solapado por ese rostro que, desfigurado en quirófanos pochos, podría inspirar un buen relato de Chuck Palahniuk.
Este texto apareció en el número 398 (febrero 2019) de Imágenes de Actualidad.

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