martes, junio 30, 2015

Nuestros temores más profundos

Atención: este artículo fue publicado en el número 76 (agosto de 2014) de la revista Scifiworld.
Para que entendáis la poca poca importancia que en ocasiones le doy a la información cinematográfica, hasta este mes he logrado sobrevivir ignorando que Alejandro Amenábar concluyó el pasado mes de junio el rodaje de su nuevo proyecto, Regression (2015), supongo que ya en avanzada fase de posproducción. La película está protagonizada por la bellísima Emma Watson y Ethan Hawke, entre otros que no recuerdo, y en su argumento, que acabo de leer con divertido asombro, uno puede encontrar abusos sexuales, recuerdos reprimidos e incluso la posibilidad de que alguna secta satánica se manifieste en pantalla durante la proyección. En resumen, una colección de lugares más o menos comunes, una cornucopia de clichés que sin grandes dificultades podría dar pie a un infame subrproducto cinematográfico, de esos que, para colmo, al llegar los últimos minutos del previsible relato aún pretenden noquear al espectador con un inesperado giro final que podría llevar la firma de un mal imitador de Shyamalan.
Pero no sentenciemos la película con esa innecesaria premura que tanto gusta al hater internáutico. La originalidad ausente que a priori parece gobernar Regression, ese inequívoco aroma a déjà vu de un déjà vu, a película mil veces vista, podría incluso llegar a regalarnos una gema ubicable en algún oasis perdido entre la serie B y la Z, y es esa posibilidad no tan remota la que durante unos segundos, y siempre desde mi enajenado punto de vista, me ha permitido ver con otros ojos lo nuevo de Amenábar, ya que, huelga decirlo a estas alturas de la sección, siempre he sentido una especial debilidad por los largometrajes tarados, defectuosos, contrahechos. En definitiva, sería maravilloso que Alejandro se descolgase de repente con un film así, absolutamente tronado, festivo y en las antípodas de lo que a él le gusta ofrecer, pero sospecho que Regression no será nada de eso y sí una obra de género muy seria y epatante, pues su oscarizado director, a quien en nuestro país siempre se le han atribuido unos poderes casi divinos, pertenece a esa raza de cineastas conspicuos que jamás se mueven por debajo de la masterpiece.
Admito que el creador de Los Otros (2001) se ha embolsado el dinero de mi futura entrada merced al asunto de la secta satánica, así de fácil soy en ocasiones, aunque no logro imaginar qué importancia tendrá tan atractivo elemento en el prodigio que finalmente llegará a nuestras salas. De hecho he llegado a pensar que quizás se trate de una nonada que luego apenas tendrá presencia en pantalla, pero que Amenábar ha dejado de todos modos ahí, en esa maravillosa sinopsis, para caldear el ambiente e intrigarnos mucho antes del esperado estreno, que para algo es un maestro del suspense, poco menos que un Hitchcock nacional. Con el juego que una secta, satánica o no, podría dar si Alejandro se animase a soltarse un poco el pelo. Pero repasando su carrera es fácil imaginar que jamás le veremos protagonizar tras las cámaras ese glorioso momento Pantene: siempre con un ojo puesto en la gloria, el artífice de Tesis (1996) suele cometer el error de tomarse esto del cine con excesiva gravedad, se pone más clásico de la cuenta, y al final, tras una intensa gestación autoral, trae al mundo unos productos que sin duda exhiben un acabado impecable, pero que asimismo recuerdan a la obra de un habilidoso taxidermista: es inevitable reconocer el buen hacer del responsable, pero el deslumbrante tucán que parece agitar sus alas ante nuestros ojos no es más que una pieza decorativa desprovista de vida.
Y a pesar de que su cine nunca me ha reportado el menor atisbo de placer, a pesar de no poder compartir la admiración desmedida que sus seguidores le profesan, y yo que lo siento mucho, no me cuesta reconocer que Amenábar es, como mínimo, propietario de un singular superpoder que en más de una ocasión se ha ganado mi más sonoro aplauso: el aclamado realizador es muy capaz de convertirse en una formidable máquina expendedora de declaraciones estultas, o simplemente desconcertantes, cuando le sientan delante de un periodista. Por poner un ejemplo para ilustrar la anterior afirmación, recuerdo cuando, durante el transcurso de una entrevista realizada con motivo del estreno de Ágora (2009), Alejandro explicó lo siguiente sobre Steven Spielberg, uno de sus cineastas de referencia: «He aprendido que le daba igual el raccord, y que logra el dinamismo no con movimientos de cámara sino con mucha vida dentro del plano». Y ahora masticad esas palabras preñadas de sabiduría. Yo he tenido suficiente por hoy.

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