jueves, octubre 27, 2016

Sobre Suicide Squad

Suicide Squad (David Ayer, 2016) nos recuerda que la suma de los elementos, por buenos que estos sean, no garantiza absolutamente nada. Aun contando con los ingredientes para ofrecer un entretenimiento enorme, el resultado del film incumple las promesas de sus responsables y se encuentra a una distancia considerable de ser un buen trabajo. Pero sería injusto señalar sólo a Ayer, su director, como responsable absoluto de la catástrofe, pues es ya público que el acabado de la cinta ha sido poco menos que teledirigido desde más arriba: según las informaciones que han ido filtrándose aquí y allá, Warner y DC, sumidas en un estado de pánico tras la recepción crítica de Batman v Superman: Dawn of Justice (Zack Snyder, 2016), obligaron a Ayer a modificar el tono de su escuadrón suicida, más oscuro en principio, añadiendo nuevas escenas y mucho más humor, pues, ya se sabe, es vital captar a todo ese público familiar que hay ahí fuera. A esto hay que sumar la odisea posterior en la sala de montaje, donde el obediente director y su equipo, más refuerzos de última hora, tuvieron que buscar un producto más o menos intermedio entre su película y la versión solicitada por los mandamases, esfuerzo que desde luego no contribuyó a mejorar las cosas. A pesar de lo relatado, Ayer no ha dudado en asegurar una y otra vez que lo que se ha estrenado en salas es su director's cut, pero creo que todos podemos entender que su afirmación tiene mucho que ver con la prudencia de quien sólo quiere seguir ganándose las lentejas en Hollywood.
 Sea como fuere, y ya hablando en términos artísticos, Suicide Squad es un paso en falso dentro del flamante universo cinematográfico DC y quizás uno de los blockbusters más defectuosos que hemos visto en bastante tiempo. Porque esta película sólo puede ser disfrutada desde una perspectiva poco exigente, como placer culpable, o, como es mi caso, con la fascinación y el rechazo de quien, sin previo aviso, se encuentra expuesto ante la proyección del parto de un bebé contrahecho, producto de un embarazo con complicaciones insospechadas. Pero, al final, nada de esto parece importar demasiado, porque el público ha premiado a esta superproducción con una taquilla mundial que supera los 744 millones de dólares. Asumámoslo: la mediocridad sigue elevándose muy por encima de nuestras cabezas.

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